and
Three Translated Samuel Trigueros Espino Poems

1 November 2017


Image courtesy of Festival de Poesía El Salvador


PIGS

‘I have seen friends Circe turned into pigs. Her wheel, her diamond.
The pigs don’t know my hideouts, mercenaries of shadows.’
–Edilberto Cardona Bulnes

I have beheaded pigs, but Circe insists on multiplying them. They were the mercenaries of education, mercenaries of art, mercenaries of public relations, mercenaries of publicity and the marketplace; they were the mercenaries of poetry; they bolted, made friendships, wrote verses; put on costumes and earrings, followed the gymnastics of convenience, weighed cement and nails on the crooked scales of greed; left in their wake an exquisite scent and under its rug lay the corpses. I have decapitated pigs that Circe then revives and employs in the administration of new artificial paradises, in the distribution of miasma. Circe would give garlic necklaces to the employee of the month, a gentle pat on the ego’s shoulder; endlessly she’d massage the crease in the gland that secretes a liquid to burn the world. I hear my decapitated pigs gargling their throats, with constant fresh sutures, their wounds healed with plasters of hypocrisy, with luxurious ointments distilled from red lightbulbs. They were, to a moderate extent, revolutionaries; they all wore red shirts, carried voluminous incunabula of Das Kapital; all of them had swallowed the 86 hour “cure for insomnia” and on their heads shone the mitre of the marketplace. Sometimes—especially in the melancholy late afternoon light—they suffered terrible attacks of conceptual, methodical tenderness. Then it was no problem to see them stand on tiptoes to avoid massacring ants or exterminating geraniums. Experts in the Mexican wave performed behind the back of the oceans’ heart, they, they, domesticated heat, plugged the steaming craters with slogans, decked protest out with the finest valves, accelerated puberty’s motor; stabbed mystery with Truth Commissions, impaled the jurists, established the NGO of filth, they, they, the pigs I decapitated between lines, the pigs, bohemians with glaucous eyes who poured mirages through the bars of my cell, pigs who gilded the concupiscence of diplomas and diplomacy, pigs who sang at my funeral in their puffed-up radiophonic voices, pigs reclaiming their droit de seigneur at my wedding with eternity, the pigs who sponsored my sadness to get a good look at the announcement of my despair, the pigs, pigs, pigs, true friends, pigs I decapitated without knowing it, till now I’ve lost them and see them devouring the ripe apples that fall like red galaxies from the tree I fed with patience and with the dazzling light of my bones.


PIGS

‘He visto amigos que Circe volvió cerdos. Su rueda, su diamante.
Los cerdos no saben mis abrigos, mercenarios de las sombras’
–Edilberto Cardona Bulnes

He degollado cerdos, pero Circe insiste en multiplicarlos. Ellos eran los mercenarios de la educación, los mercenarios del arte, los mercenarios de las relaciones públicas, los mercenarios de la publicidad y del mercado; ellos eran los mercenarios de la poesía: hacían tornillos, amistades, versos; se ponían trajes y aretes, asistían al gimnasio de la conveniencia, pesaban clavos y cemento en la balanza chueca de la voracidad; dejaban tras de sí un perfume exquisito bajo cuya alfombra yacían los cadáveres. He degollado cerdos que Circe resucita y los emplea en la administración de los nuevos paraísos artificiales, en la distribución de miasma. Collares de ajo dio Circe al empleado del mes, palmaditas en el ego, interminables fricciones en la comisura del glande por donde un líquido salía y quemaba el orbe. Oigo las gárgaras de mis cerdos degollados, continuamente suturados, sanados con emplastos de hipocresía, con bálsamos de lujuria destilados de la bombilla roja. Eran, medianamente, revolucionarios: tenían todos camisetas rojas, volúmenes incunables de El Capital; todos se habían tragado las ochenta y siete horas de “The cure of insomnia” y en sus cabezas brillaba la mitra del mercado. A veces –sobre todo contra la melancólica luz de los atardeceres- sufrían ataques terribles de ternura, conceptual y metódica. Entonces era fácil verlos de puntillas evitando masacrar a las hormigas o extinguir los geranios. Expertos en hacer la ola a espaldas del corazón de los océanos, ellos, ellos, domesticaron el ardor, taponaron con eslóganes los cráteres humeantes, pusieron válvulas finísimas a la protesta, aceleraron el motor de la pubertad; apuñalaron el misterio con Comisiones de la Verdad, empalaron a los juristas, fundaron la oenegé del asco, ellos, ellos, los cerdos que degollé entre líneas, los cerdos, los bohemios de ojos glaucos que derramaron espejismos entre los barrotes de mi celda, los cerdos que doraron la concupiscencia de los diplomas y la diplomacia, los cerdos que cantaron engolados con radiofónica voz en mi funeral, los cerdos que reclamaron derecho de pernada en mis bodas con la eternidad, los cerdos que patrocinaron mi tristeza para ver el anuncio de mi desesperación, los cerdos, los cerdos, los cerdos, ciertos amigos, cerdos a los que degollé sin saberlo, hasta ahora que los he perdido y veo devorar los manzanos maduros que caen como galaxias rojas del árbol que alimenté con paciencia y con el resplandor de mis huesos.

 


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