from Marosa di Giorgio’s Funeral carriages laden with watermelons

By | 1 November 2015

          Qué especie misteriosa la de los ángeles. Cuando nací oí decían “Ángel”, “Ángeles”, u otros nombres, “Nardo”, “Lirio”. Espuma que crece sobre las ramas, cerámica finísima aumentando sola. Nardo. Lirio.
Y en los ojos de los perros, también, hay ángeles.
          O eran altos, vestidos de pluma y gasa, alas larguísimas, ojos grises. Nos acompañaban a la escuela (cada uno disponía de uno), al baile de las niñas, a mis bodas sucesivas, paralelas, que ya conté.
          Cuando los novios eran lagartos, eucaliptos o claveles.
          Y a la boda mayor con el Gato Montés; mi madre tenía miedo y me llevaba de la mano, y papá no se atrevió a ir.
          Ellos sobrevolaban cerca. La entrada al bosque, la cocina, la hornacina donde había pequeñas calaveras, palomas cazadas.
          Presenciaron el ceremonial y el rito.
          Y con su silencioso poderío me salvaron.

*        *        *

          Quedé inmóvil, los rizos largos, rojos, en los jardines del tío Juan; cerca, celedonias y siemprevivas, también rojizas.
          Los que pasaban a mi lado; creían que era una muñeca, un cuadro, un ángel, de los tantos, que, siempre, andan en los rosales y los nidos. Y me miraban con cierta seriedad y devoción. Y había nidales, por todos lados, con huevos de diverso tamaño, todos fi­ nísimos. Yo veía las maravillas parpadeantes.
          Y quería moverme, irme; pero nadie me llamaba, porque nin­ guno creía en mí,
          …nadie me llama,
          va a caer la noche.
          Dentro del vestido blanco, dentro del sombrero rojo.

*        *        *

          Las avispas eran finísimas. Como los ángeles, cabían muchas en un punto. Todas parecían señoritas, maestras de baile. Imité su murmullo bastante bien. Rondaron sobre las flores blancas del manzano, las ocres del membrillo, las duras rosas rojas del granado. O en las fuentecitas, donde mi prima, mi hermana y yo las mirábamos con la mano en el mentón. Ante ellas fuimos gigantes, monstruos. Pero lo más pasmoso era los cartones que fabricaban; casi de golpe, aparecían sus palacios de grueso papel gris, entre las hojas, y, adentro, platos de miel.
          Mientras, proseguía el lagarto cazando huevos de gallina, ca­ lientes golosinas; cruzaban las víboras azules como el fuego, subían claveles labrados y rizados, iguales a copas de arroz y de frutilla.
El mundo, por todas partes, acuciante, encantador.
          El mundo, por todas partes, acuciante, encantador.
          Y una cara, separada, sólo pintada, iba entre las hojas, ojos bajos, boca abierta y roja.
          Y cuando ya había pasado,
          pasaba una vez más.

*        *        *

          Aparecían, de golpe, como todas las cosas de mi vida. Ne­ gros, blancos, de mantón sedoso. En medio del campo, la laguna del campo, de la casa. Los pájaros acuáticos mirando para abajo, pensativos. Sobre las altas patas. Parecían sauces, hombres, cosas muy disímiles. Les veíamos por las ventanas y en las habitaciones iban comentarios. ¿Qué predecían? ¿Lluvia? ¿Viento? ¿El verano próximo, el lejano invierno?
          Un día, vino uno solo, negro. Y gente feroz le mató. Una niña vio, de lejos, el asesinato. (Yo). Y no se olvida.
          Mi vida viene y va.
          Va y viene.
          Y, siempre, hay un pájaro negro que cae. Y cae.

*        *        *

          En los alambrados, telarañas radiantes y siniestras. Esas hilan­ deras responden al mundo con su trabajo de plata. Y la Suerte pone brillantes y perlas con absoluta certeza; sólo donde deben ir.
          En los alambrados quedan restos de comadrejas y picaflores (que han venido a parar ahí, en las huidas nocturnas).
          Y baja una nube, diligente y tranquila, como una mujer, un ser; roba algunas cosas, algunos restos. Deja algunas cosas. Caracoles, (desaparecen, velozmente, por el pasto). Y una ángela diminuta, que llevamos a la casa y ponemos, de nombre, Lílam. Es como una muñeca fina, con alitas de oro y pelo igual. Está, inmóvil, por horas, sobre los muebles. O vuela en el aire de las habitaciones, ante nuestras miradas deslumbradas.

*        *        *

          Por la noche oí un rumor. Supe que algo había cambiado en el jardín. Fui allá, dentro de la mayor oscuridad. Esperé tem­ blando. En el alba vi qué era. Una mariposa estaba naciendo allí. Quise ampararla, llevarla para adentro, antes de que apareciesen los perdularios de siempre. Pero, ¿quién abraza una mariposa, quién lleva un alma entre las manos? Entonces, noté que sus alas iban hacia arriba, creciendo a ojos vistas, negras, lilas; en rosados brillantes y sagrados. Ya otros, se habían detenido, cerca, inmó­ viles de horror. En las alas había franjas color nieve, con historias confusas, escritas o pintadas, que todos intentaban descifrar. Y subían entre los árboles, no sé cómo, salpicadas de piedras pre­ ciosas; llegaron hasta el sol; y en las horas, días o meses siguien­ tes, porque perdimos la noción del tiempo, hubo, siempre, como una neblina, una suave oscuridad. Yo intenté irme, tomé mis co­ sas, y dejé el jardín. Pero en mitad del camino, me detuvieron, diciéndome que volviera, ya que yo había descubierto eso.
          Así que, de noche, oigo el murmullo, el botón, y al alba, veo subir las alas, negras, lilas, amarillas y rosadas, con historias de santos escritas al trasluz.


Marosa di Giorgio excerpts from ‘Carros fúnebres cargados de sandías’ originally published in La falena (1987).

This entry was posted in TRANSLATIONS and tagged , . Bookmark the permalink.

Related work: