Two Poems by Olga Orozco

By | 1 November 2015

La Cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si
          huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en
          las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que
          puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu
          nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue
          enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como
          una bandada de aves?
Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara
          a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es su hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar
          mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y
          en todos los abismos
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
-algo más que ese todo-.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles
          vocablos.
Y acaso sea tarde.

Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras
          hila deshilando su sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy
          lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito
          el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como
          una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu
          Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y
          espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su
          orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza
          llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto
          que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche
          que te fue destinada.

¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio
          corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre
          bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas
          y de muertes.
Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin
          querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus
          llaves de insobornable carcelero.
En tanto el Carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en
          piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los
          Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del
          tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una
          raza de náufragos que se hunden sin salvación y
          sin consuelo.

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón,
          como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de
          escarcha a tu costado?

Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el
          aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con
          uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea
          es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre
          la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el
          cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida
          es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el
          Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor
          que no muere.

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para
          que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la
          serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de
          párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago
          azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte
          que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.


Animal que respira

          Aspirar y exhalar. Tal es la estratagema en esta mutua transfusión con todo el universo.
          Día y noche, como dos organismos esponjosos fijados a la pared de lo visible por este doble soplo de vaivén que sostiene en el aire las cosmogonías, nos expandemos y nos contraemos, sin sentido aparente, el universo y yo. Lo absorbo hacia mi lado en el azul, lo exhalo en un depósito de brumas y lo vuelvo a aspirar. Me incorpora a su vez a la asamblea general, me expulsa luego a la intemperie ajena que es la mía, al filo del umbral, y me inhala de nuevo. Sobrevivimos juntos a la misma distancia, cuerpo a cuerpo, uno en favor del otro, uno a expensas del otro – algo más que testigos -, igual que en el asedio, igual que en ciertas plantas, igual que en el secreto, como en Adán y Dios.
          ¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan sólo en la evidencia del apego feroz, en mi costado impar – tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en
la medida de su pequeñez.
          Cumplo con mi papel. Conservo mi modesto lugar a manera de pólipo cautivo. Me empino a duras penas en alguna saliente para hallar un nivel de intercambio al ras del bajo vuelo, un punto donde ceda dignamente mi propia construcción.
          Más corta que mis ojos, más veloz que mis manos, más remota que el gesto de otra cara esta errónea nariz que me arranca de pronto de la lisa paciencia de la piel y me estampa en el mundo de los otros, siempre desconocida y extranjera.
          Y sin embargo me precede. Me encubre con aparente solidez, con intención de roca, y me expone a los vientos invasores a través de unas fosas precarias, vulnerables, apenas defendidas por la sospecha o el temblor.
          Y así, sin más, olfateando costumbres y peligros, pegada como un perro a los talones del futuro, almaceno fantasmas como nubes, halos en vez de bienes, borras que se combinan en nostálgicos puertos, en ciudades flotantes que amenazan volver, en jardines que huelen a la loca memoria del paraíso prometido.
          ¡Ah, perfumes letárgicos, emanaciones de lluvias y de cuerpos, vahos que se deslizan como un lazo de asfixia en torno a la garganta de mi porvenir!
          Una alquimia volátil se hacina poco a poco en los resquicios, evapora las duras condensaciones de los años, y me excava y me sofoca y me respira en grandes transparencias que son la forma exangüe de mi última armazón.
          Y aunque aún continúe la mutua transfusión con todo el universo, sé que “allí, en ese sitio, en el oscuro musgo soy mortal, y en mis sueños husmea interminablemente un hocico de bestia”, un hocico implacable que me extrae el aliento hasta el olor final.


‘La Cartomancia’ originally published in Los juegos peligrosos (1962)
‘Animal que respira’ originally published in Museo salvaje (1974).

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