Five Poems of Ángel González

1 February 2015


Photograph courtesy of Susana González

Ángel González (1925-2008) was a member of the so-called Spanish Generation of 1950 – perhaps its most celebrated exponent. Having grown up during the Civil War and in Franco’s ensuing dictatorship, González, in his own words, ‘learnt very early on to protest in whispers, to curse inwardly and to speak ambiguously, very little and always of other things – that is to say, to use irony, metaphor, metonymy and reticence,’ all of which are trademarks of his dark, humorous and incisive poems. The translations below sample from González’s first two books, Áspero mundo [Rough World] (1956) and Sin esperanza con convencimiento [Hopeless with Conviction] (1961), where González began to explore many of the themes that would preoccupy him throughout his career; loss of illusions, lyrical love, the passage of time, and personal and social critique.


“For My Name to Be Ángel González”

For my name to be Ángel González,
for my being to weigh on the earth,
a long time and ample space
were needed:
men from every land and every sea,
wombs of fertile women, and bodies
and more bodies, blending ceaselessly
into a new body.
From solstice to equinox, a varied light
and changing skies accompanied 
the millenary journey of my flesh
as it climbed up centuries and skeletons.
Of its slow and painful voyage,
of its flight to the end—surviving
shipwrecks, glomming on
to the last gasp of the dead—
I am merely the result, the fruit,
what is left, rotten, in the wreckage;
what you now see,
and only this:
a tenacious scrap, fighting 
its ruin, struggling with the wind,
advancing on roads that lead
nowhere. The success
of every failure. The maddened
strength of dejection…


A Message for Statues You, fiercely misshapen stones, cracked by the accurate point of the chisel, will exhibit for centuries to come the final form they gave you: breasts unmoved by any sigh, rigid legs ignorant of tiredness, muscles sprung in futile effort, hair untousled by the wind, eyelids open to repel the light. And yet your static arrogance, your frosty beauty, the scornful faith of your impassive gestures, will one day meet their end Time is more tenacious. The earth awaits you too. You will fall into it from your own weight, you will be, if not ashes, then ruins, dust, and your wistful eternity will be nothingness. To the rock you’ll return as rock, insignificant mineral, sunk debris, having once lived the hard, solemn, illustrious, triumphant, equestrian dream of a glory built to recall something also scattered in oblivion.
“In the Far Distance…” In the far distance, dogs against the moon bring the restlessness of a murmuring night to our close environment. Clear sounds, inaudible before, are now perceivable. Vague echoes, shreds of words, angry hinges, trouble the darkened precinct. With hardly any room, silence, the elusive silence, surrounded by noise, tightens round your legs, your arms, rises softly to your head and slides on your unbraided hair. It is night, and sleep: be still. Silence has grown like a tree.
The Vanquished Rubble was left behind: smouldering bits of your house, arsoned summers, dry blood the wind feeds on like a final vulture. You set out and travel on, towards a day rightly said to come. Because no land is your own, because no country is or could be yours, because in no soil will your empty heart lay roots. Never—it is that simple— will you open a wrought-iron gate and say the words: “Good morning, mother.” Even if the morning is a good one, and there’s corn on the threshing floor, and the trees stretch their weary boughs toward you, offering their fruit or shade to rest in.
“I Know What It Is to Wait” I know what it is to wait: I have waited so often for so much in my life! Tedious winters waiting, summers in the sun, waiting, luminous and yellow autumns —a fine season for waiting— and even spring, where every wait is closest than ever to fullfilment, have found me in vain, yet firmly, persitent and hopeful, at the time and place of the appointment, with strong faith and a ready heart. With strong faith and heart at the ready, I stand, where I’ve so often stood, in a corner of time —it will soon come— behind a clean window of rain, or air, or sun, leaning on the clear lookout of the winds, while the months and days keep passing by.
“Para que yo me llame Ángel González”

Para que yo me llame Ángel González, 
para que mi ser pese sobre el suelo, 
fue necesario un ancho espacio 
y un largo tiempo: 
hombres de todo el mar y toda tierra, 
fértiles vientres de mujer, y cuerpos 
y más cuerpos, fundiéndose incesantes 
en otro cuerpo nuevo. 
Solsticios y equinoccios alumbraron 
con su cambiante luz, su vario cielo, 
el viaje milenario de mi carne 
trepando por los siglos y los huesos. 
De su pasaje lento y doloroso 
de su huida hasta el fin, sobreviviendo 
naufragios, aferrándose 
al último suspiro de los muertos, 
yo no soy más que el resultado, el fruto, 
lo que queda, podrido, entre los restos; 
esto que veis aquí, 
tan sólo esto: 
un escombro tenaz, que se resiste 
a su ruina, que lucha contra el viento, 
que avanza por caminos que no llevan 
a ningún sitio. El éxito 
de todos los fracasos. La enloquecida 
fuerza del desaliento...


Mensaje a las estatuas Vosotras, piedras violentamente deformadas, rotas por el golpe preciso del cincel, exhibiréis aún durante siglos el último perfil que os dejaron: senos inconmovibles a un suspiro, firmes piernas que desconocen la fatiga, músculos tensos en su esfuerzo inútil, cabelleras que el viento no despeina, ojos abiertos que la luz rechazan. Pero vuestra arrogancia inmóvil, vuestra fría belleza, la desdeñosa fe del inmutable gesto, acabarán un día. El tiempo es más tenaz. La tierra espera por vosotras también. En ella caeréis por vuestro peso, seréis, si no cenizas, ruinas, polvo, y vuestra soñada eternidad será la nada. Hacia la piedra regresaréis piedra, indiferente mineral, hundido escombro, después de haber vivido el duro, ilustre, solemne, victorioso, ecuestre sueño de una gloria erigida a la memoria de algo también disperso en el olvido.
“Perros contra la luna…” Perros contra la luna, lejanísimos, llevan hasta los ámbitos más próximos la inquietud de la noche rumorosa. Claros sonidos, antes inaudibles, se perciben ahora. Ecos vagos, jirones de palabras, goznes agrios, desasosiegan el recinto en sombra. Apenas sin espacio, el silencio, el inasible silencio, cercado por los ruidos, se aprieta en torno de tus piernas y tus brazos, asciende levemente a tu cabeza, y cae por tus cabellos destrenzados. Es la noche y el sueño: no te inquietes. El silencio ha crecido como un árbol.
El derrotado Atrás quedaron los escombros: humeantes pedazos de tu casa, veranos incendiados, sangre seca sobre la que se ceba—último buitre— el viento. Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia el tiempo bien llamado porvenir. Porque ninguna tierra posees, porque ninguna patria es ni será jamás la tuya, porque en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado. Nunca—y es tan sencillo— podrás abrir una cancela y decir, nada más: “buen día, madre”. Aunque efectivamente el día sea bueno, haya trigo en las eras y los árboles extiendan hacia ti sus fatigadas ramas, ofreciéndote frutos o sombra para que descanses.
Sé lo que es esperar Sé lo que es esperar: ¡esperé tantos días y tantas cosas en mi vida! Los inviernos tediosos esperando, los veranos, bajo el sol, esperando, el luminoso y amarillo otoño —bella estación para esperar— e incluso la primavera abierta a toda espera más próxima que nunca a realizarse, me han visto inútilmente, pero firme, tenaz, ilusionado, en el lugar y la hora de la cita, alta la fe y el corazón en punto. Alta la fe y el corazón dispuesto, igual que tantas veces, aquí sigo, en la esquina del tiempo —vendrá pronto— tras un limpio cristal de sol, de lluvia o de aire, acodado en el claro mirador de los vientos, mientras pasan y pasan los meses y los días.




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